Jefe: Hoy cayó la primera granizada del año. A lo mejor del lustro o hasta de la década. Porque ya sabes la naturaleza anda un poco desquiciada. Pensé que te hubiera gustado oír las piedrecitas de agua cuando impactaban las ventanas de zinc. El aguacero que la acompañó fue intenso, pero sólo duró como 20 minutos. Seguro que no ibas a estar conforme. Para alguien como tú que siempre vivió de lo que diera la tierra casi nunca llueve lo suficiente. “Sólo mató el polvo”, me parece estar oyendo tu exageración.
Mañana harán nueve días y algunos de la casa irán hasta el lugar donde dejamos tu cuerpo. No voy a poder estar, pero volveré a escribirte. Dice Estelí que Ana, tu hermana, tuvo que adelantarlo para hoy por algún compromiso sabatino. Alguien dijo que las flores a llevarte deben ser blancas.
Recuerdo que antes, y cuando digo antes es bastante lejos en el tiempo, se hacía un velorio la noche del noveno día.
Las tradiciones primero se van confundiendo en sus matices.
Es el preludio de su desaparición.
viernes, 11 de junio de 2010
jueves, 10 de junio de 2010
Carta al Jefe (II)
Jefe: Hoy es jueves como el día que ya no pudiste seguir. A la hora justa del mediodía hará una semana exacta. Como si hubieras querido irte con un baño de luz de junio.
Pasan los días por el almanaque y por mi mente prosigue el desfile interminable, como un torbellino, de imágenes y recuerdos. Sobre todo de esos 28 días y una hora que permaneciste en el “Aldereguía”.
Ayer como te dije fui a darle una vuelta a la vieja. Sigue con los achaques de siempre, los que te sabes de memoria, pero fuerte para las circunstancias recientes. Aunque con otras palabras, dice que se vistió con una coraza, para que nosotros tres sufriéramos menos. Y tiene razón, porque haberla visto derrumbada a ella, hubiera multiplicado el dolor.
Ahora se acuesta en la mitad de la cama que siempre te perteneció. Está orgullosa de cómo la mima Alejandro.
Al final de la tarde cayó al fin tremendo aguacero. Me hubiera gustado que estuvieras para evaluarlo en su magnitud. Porque para ti nunca eran suficientemente grandes los chaparrones cuando la tierra tiene tanta sed.
Como era de esperar la siempreviva prendió en la palanganita azul.
Pasan los días por el almanaque y por mi mente prosigue el desfile interminable, como un torbellino, de imágenes y recuerdos. Sobre todo de esos 28 días y una hora que permaneciste en el “Aldereguía”.
Ayer como te dije fui a darle una vuelta a la vieja. Sigue con los achaques de siempre, los que te sabes de memoria, pero fuerte para las circunstancias recientes. Aunque con otras palabras, dice que se vistió con una coraza, para que nosotros tres sufriéramos menos. Y tiene razón, porque haberla visto derrumbada a ella, hubiera multiplicado el dolor.
Ahora se acuesta en la mitad de la cama que siempre te perteneció. Está orgullosa de cómo la mima Alejandro.
Al final de la tarde cayó al fin tremendo aguacero. Me hubiera gustado que estuvieras para evaluarlo en su magnitud. Porque para ti nunca eran suficientemente grandes los chaparrones cuando la tierra tiene tanta sed.
Como era de esperar la siempreviva prendió en la palanganita azul.
martes, 8 de junio de 2010
Cartas al Jefe (I)
Jefe: El domingo fui a la casa y te sembré una matica de siempreviva. Recuerdas que así te llamaban las enfermeras de Hematología. Mayelín, la jefa de todas ellas, y sobre todo la chiquitica que te decía mi viejo lindo y tú rebautizaste Cartagena, por el pueblito donde vive.
La última mañana que entró a trabajar y descubrió que la cosa pintaba fea, Cartagena te dio un beso en la frente. Bueno, no sé por qué te lo cuento. Dicen que cuando dio medio vuelta llevaba en el rostro humedades que no son propias de quienes lidian a diario con vidas al borde del precipicio.
Jose me acompañó a La Loma, el domingo, y trajimos a casa una bolsa de tierra mezclada. Un poco del lugar donde calculo estuvo la primera casa de ustedes, la que tumbó el ciclón del 35. Me lo confirmaste hace unos días, una mañana que estuviste muy hablador. Lo completamos con otro poco excavado del lugar exacto donde estuvo el único cuarto del hogar de nuestra niñez. Fue mucho más fácil de ubicar porque aún quedan las bases de cemento.
Hacía tres-cuatro años que no iba a La Loma. Quizá la última fue un fin de año que te llevé con Jesús en el carro de la UPEC. Lolo estaba gordo y vivo. Quien iba a suponer que se iría casi tres años antes que tú. Recuerdo que entonces recogí limones franceses de una mata que en su tiempo sembró la vieja. Esta vez no me percaté si todavía existe. Se me pone el corazón chiquitico cada vez que veo aquellos campos casi sin casas. Del carajo, Jefe.
Elsa me regaló la palaganita azul que acompañó tus dos últimos ingresos hospitalarios. En ella dejaste la vida, viejo. Ahora es la maceta donde crece la siempreviva.
Mañana pienso darle una vuelta a la vieja. Dice que hay que mantener cerrada la puerta de la calle durante nueve días. Pero tú sabes como son los chiquillos.
La última mañana que entró a trabajar y descubrió que la cosa pintaba fea, Cartagena te dio un beso en la frente. Bueno, no sé por qué te lo cuento. Dicen que cuando dio medio vuelta llevaba en el rostro humedades que no son propias de quienes lidian a diario con vidas al borde del precipicio.
Jose me acompañó a La Loma, el domingo, y trajimos a casa una bolsa de tierra mezclada. Un poco del lugar donde calculo estuvo la primera casa de ustedes, la que tumbó el ciclón del 35. Me lo confirmaste hace unos días, una mañana que estuviste muy hablador. Lo completamos con otro poco excavado del lugar exacto donde estuvo el único cuarto del hogar de nuestra niñez. Fue mucho más fácil de ubicar porque aún quedan las bases de cemento.
Hacía tres-cuatro años que no iba a La Loma. Quizá la última fue un fin de año que te llevé con Jesús en el carro de la UPEC. Lolo estaba gordo y vivo. Quien iba a suponer que se iría casi tres años antes que tú. Recuerdo que entonces recogí limones franceses de una mata que en su tiempo sembró la vieja. Esta vez no me percaté si todavía existe. Se me pone el corazón chiquitico cada vez que veo aquellos campos casi sin casas. Del carajo, Jefe.
Elsa me regaló la palaganita azul que acompañó tus dos últimos ingresos hospitalarios. En ella dejaste la vida, viejo. Ahora es la maceta donde crece la siempreviva.
Mañana pienso darle una vuelta a la vieja. Dice que hay que mantener cerrada la puerta de la calle durante nueve días. Pero tú sabes como son los chiquillos.
Una introducción que podría ser necesaria
Sigo aferrado a la idea. En estos tiempos de sobresaturación informativa un blog personal es lo que un grano de arena en el paisaje ondulante del Sahara. Más éste que pretende ser personalísimo. Intimista más bien. Lo concebí en las horas de dolor subsiguientes a la partida de mi padre, como una forma de seguir comunicándome con él, allá dondequiera que habite ahora. Tender en el espacio infinito algo que se me quedara por decirle, al menos con palabras, y contarle cuán difícil resulta la adaptación a la ausencia. Por eso es preciso ponerle trampas al olvido y en estos mensajes, viajeros del éter, creo haber encontrado la fórmula del diálogo. En algún punto de sus órbitas coincidirán contigo, viejo, y será como si estuvieras leyendo el periódico que aún me reclamabas en la cama del hospital.
Blog, bitácora, página personal o como quieran llamarle, este que estreno cinco días después de haberte cerrado los ojos tiene la humilde aspiración de que, además de ti por supuesto, lo lean mis amigos y los que me quieren bien. Si alguien más lo encuentra por casualidad en la inmensidad de ese océano de arena y quiere dedicarle un minuto de atención, bienvenido sea también. Aquí desgranaré mis sentimientos, los recuerdos comunes y las noticias por venir como si fueran los granos de una mazorca de maíz, el día antes de la siembra de primavera.
Por supuesto que para los lectores-destinatarios arriba mencionados resulta obvia la presentación, pero si este mensaje, sin la barriga de la botella ni el concurso de las olas, pero con la misma suerte del hallazgo, llegara a ser pasto de otras lecturas, aquí le van algunas señas del bloguero intimista: Me gano el pan como periodista, pero le he cogido el gusto a fabular con la vida de gente ficticia. Lo cual no significa que me crea novelista, aunque recién gocé la publicación de una y por estas fechas intente dar las puntadas que le faltan a otra. Y tenga como tres esbozos narrativos más cociéndose en el horno de neuronas utilizables después del sufrimiento. Milito en la causa de los que tienen menos, de los que tienen poco o de los que no tienen nada. Me refiero a propiedades materiales, porque por lo general esos seres son verdaderos magnates en bienes del espíritu. Creo en Dios y en el mejoramiento humano. Podría invertir los términos y el producto moral seguiría siendo el mismo. Fuera un iconoclasta total de no ser por Jesús de Nazaret. Me complace contar con la amistad de ateos y religiosos de cualquier manifestación y de abstemios y empinadores de los codos. Respeto la inclinación sexual de cada quien, aunque viva el orgullo de la heterosexualidad. Abogo por el diálogo desde el ínfimo ámbito del hogar hasta el universo vertical de la ONU. Celebro de todo corazón a quienes les asiste el don de saber escuchar al interlocutor antes de lanzarse a la trifulca de la réplica y al “estás equivocado”. Y aprecio a las personas que te miran a los ojos mientras las palabras cruzan sus espadas verbales en un duelo, que ojalá siempre fuera deportivo y en la arena de la inteligencia.
El bautizo de este blog, si no en las aguas del Jordán al menos en las de la cordialidad entre los hombres, tiene que ver con por lo menos tres acepciones bélicas del vocablo campaña, según el diccionario de la Real Academia Española. A este planeta además de oxígeno puro y aguas cristalinas la hace falta respirar y beber paz. La hora de enterrar el hacha de todas las guerras no puede demorar un segundo más. A los sabios indios de la América septentrional pidámosle prestadas millones de pipas de la paz. Y fumemos todos sin miedo a jodernos los pulmones.
Francisco G. Navarro. Cienfuegos, Cuba, 8 de junio de 2010.
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